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| JULIO DOMINGUEZ
ARJONA
17 de Diciembre de 2002 Resulta mas que notable, la invasión lenta y prolongada de hábitos y costumbres navideñas, exportadas como van relegando a las nuestras. Así vemos como se ha consolidado en árbol de Navidad, que comparte cartel con el Belén, el orondo Papa Noé que parece escapado de una etiqueta de la cruzcampo, pugna en popularidad con los Reyes Magos, las comidas de empresas, la ropa interior roja para la Nochevieja etc, etc.- Quizás una de las costumbres mas perdidas, sea la del aguinaldo y en parte es lógico. Como el efecto de dominó del que hablan los ecologistas, cuando un hábitat es perturbado y sin saber porqué desaparecen dos o tres especies , que teóricamente no se veían afectados. La progresiva desaparición del aguinaldo es consecuencia de nuestra más deshumanizada sociedad.- Lo mismo que el también desaparecido a pelón, las monedas que arrojaba el padrino a la salida de la iglesia en los bautizos, la propina que se entrega al camarero, por un buen servicio o a la persona que nos ha traído un envío, el aguinaldo era la propina navideña por antonomasia, era la gratitud de un servicio anual, por la dedicación o entrega de todo un año, o el agradecimiento por un favor pequeño o grande esperado o inesperado.- Así por casa de uno era casi tan tradicional como el cántico de los niños de San Idelfonso, recibir la visita del cartero, que nos había traído ese certificado que tanto esperábamos y al que todas las mañana dábamos los buenos días al ir al colegio, o al basurero que le dábamos las buenas noches. La visita del barrendero de la calle, que había ayudado a nuestra madre a deshacerse de ese mueble viejo y que mantenía nuestra calle como los chorros del oro. Al repartidor de la prensa, que nos traía el periódico atrasado o que nos habían robado del portal de la casa. Al panadero, al lechero, al portero de la casa, que a medida que se aproximaban las fechas su sonrisa ponía competir con la de un anuncio de dentífrico, y así un grupo de personas que la veíamos con la misma habitualidad que nuestros familiares, que hacían que nuestra vida tuviera una mayor calidad.- Desgraciadamente el hábitat de eso personajes ha cambiado, y no conocemos ni al cartero, ni al barrendero, ni a nadie. Hoy nuestra basura la recogen máquinas, nuestras calles las barren maquinas, y cuando hay que efectuar alguna reclamación o pedido hablamos con amables maquinas de contestadores automáticos. Hoy nuestra relación de barrio, de calle se ha desvanecido, por no conocer no conocemos, ni al vecino de arriba ni de abajo, al que solo visitamos cuando nos molesta con alguna fiestesita. Y curiosamente nuestros medios de comunicación son cada vez mas sofisticados, los móviles, los fax, los e-mail, hablamos con un fulano o una mengana del otro lado del mundo y no sabemos nada de las personas que no rodean.- Posiblemente, hoy el aguinaldo, lo tacharían de un paternalismo trasnochado, de una limosna forzada, cuando, en la mayoría de la veces, era las gracias económicas de unos servicios que por callados y cotidianos no dejaban de ser menos importantes y además era una forma de estrechar más los lazos entre las personas que nos rodeaban y en estas cada vez menos entrañables fiestas conocerlas un poco mas.- Hoy serian piezas de museo esas tarjetitas, de dudoso gusto, de colores chillones en las que se veía a un barrendero, a un cartero a un repartidor de butano, sonriente entre bolitas de navideñas y se podía leer textualmente, el basurero, el lechero, el repartidor les desea unas felices pascuas y un prospero año nuevo, sino iba acompañado algunas veces de algún versos pareados, de "En invierno y en verano el butanero le trae el butano ".- Desgraciadamente todo esto se ha perdido y forma parte de nuestra tradición de nuestra cultura navideña, cada vez mas invadida por la cultura anglosajona, no tan humana como la nuestra
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