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XXVIII Pregon del Carmen   
 

XXVIII  PREGÓN DEL CARMEN
Por Antonio J. Muñoz Maestre



Todos llevábamos mucho tiempo esperando escuchar la noticia. Porque eran demasiados octubres juntos notando el barrio huérfano de sus cuentas de cristal tintineando al rozar  su cetro. La historia reclamaba su rostro de luz bañando las calles de la feligresía cada otoño sevillano. Contemplar en su brazo diestro a un Dios pequeño bendiciendo calles y plazas a cada avemaría convertida en perla engarzada en las manos de su Madre.

Pero para que aquel anhelo llegara a ser real, ha hecho falta un milagro: El milagro de fundir dos devociones marianas en un mismo hogar.  Y eran tan grandes cada una de ellas, que solo un corazón abierto a su Madre como el de Sevilla, podía hacer brotar del mismo tallo dos flores tan bellas como diferentes.

Con el verano como frontera, julio se unirá con octubre para que la Madre de Dios sea exaltada en Santa Catalina. Los varales se harán brisa, y el palio se volverá cielo. El escapulario cambiará a cuentas de luz cristalina, y la pequeñez sublime de la Madre de Julio, se tornará adulta maternidad cuando nos alcance octubre.

La antigua devoción del Rosario se ha unido para siempre con el escapulario carmelita, porque bajo el artesonado mudéjar de los tiempos, la Madre de Dios ha sonreído con gozo, al ver como dos de sus nombres más queridos han quedado prendidos en un solo corazón, por obra y gracia de los sevillanos de Santa Catalina.

Alguién rompió la memoria
y el gozo ya se adivina,
porque en Santa Catalina
Sevilla cambió la historia.
Que un ángel, allá en la Gloria
se olvidó ya, del Calvario.
Al pecho, un escapulario,
Y sonríe,  y mira al cielo
porque a la Flor del Carmelo
le están rezando el Rosario.
 
 

Reverendo Padre
Hermano Mayor, Junta de Gobierno y hermanos de esta Real e Ilustre Hermandad  y Cofradía de Nuestra Señora del Carmen,
Dignísimos representantes del Consejo General de Hermandades y Cofradías,
Dignos representantes de las Hermandades de..
Devotos todos de la Virgen del Carmen,
Señoras y Señores.
 

Es difícil en extremo explicar con palabras lo que supone para quien habla el poder ocupar este atril. Porque esta es una hermandad de devotos, y cuando hay tanto amor directo que se transmite entre vosotros que escucháis, y la Madre nos preside, el pregonero se siente más un obstáculo que un mensajero.

En estos momentos el corazón late intensamente buscando en su interior la gratitud para todos los que aman a la Virgen. A su hermano mayor, a su junta, por confiar en mi palabra, que se me antoja indigna ante tanto marianismo en esencia. Al querido presentador, que ante este sin igual auditorio, ha multiplicado los escasos méritos de este pregonero. A la magnífica banda de música, que ha rendido ante la Madre la más bella y abstracta de las artes para que esas notas expliquen lo que no pueden explicar las palabras. Y a todos los hermanos y devotos de Nuestra Señora, porque son ellos quienes hacen nacer día a día la fuerza enorme de la devoción carmelitana en Sevilla, y porque son sus brazos, los que elevan cada día la plegaria, y son sus labios un pregón permanente a la Reina del Carmelo.
 
 

LA HISTORIA

Se hace imprescindible, en toda devoción histórica, buscar los orígenes, las raíces, porque no existe el azar, "Dios no juega a los dados con el Universo", como dijo una vez Albert Einstein, y la mano del Creador está siempre detrás de todo lo que exalta su nombre ante los hombres. Contemos por lo tanto brevemente, los hechos que permitieron la que hoy es nuestra fe carmelitana.

A 546 metros sobre el mar, cerca de la ciudad de Haifa, se eleva a las alturas el Monte Carmelo, lugar sagrado desde tiempos inmemoriales para todas las civilizaciones que lo conocieron. A mediados del segundo milenio antes de Cristo, el Rey Egipcio Tutmosis III describe al Carmelo como "El promontorio sagrado". En el siglo IV antes de Cristo, el filósofo neo-platónico Jamblico describe el Monte como "la sagrada por encima de todas las montañas".  Es creencia popular que la Sagrada Familia descansó en este lugar durante el viaje de regreso tras la huída a Egipto. 

Sin embargo, es el libro de los Reyes y el profeta Elías la que le ha otorgado sello indeleble a la historia del Carmelo. Esta narración, localizada en el siglo noveno A.C., durante los reinados de  Ajab y Ocozías, cuenta la lucha del monoteísmo judaico contra el politeísmo de los sacerdotes de Baal. El reino estaba sumido en una gran sequía.  Elías, llamado por Dios para defender su nombre, cita en el Monte Carmelo a todos los pueblos que componían Israel. El profeta, y los sacerdotes de Baal, edificaron sendos altares donde se ofrecerían dos bueyes en holocausto. Los defensores del politeísmo invocaron a Baal con gritos y danzas para que incendiara su ofrenda. Nadie les escuchó. Elías, por su parte,  ordenó que el altar a Yavhé se llenara de agua hasta el borde. A continuación, invocó al único Dios, e inmediatamente bajó fuego del cielo que prendió la ofrenda y evaporó el agua que inundaba el altar del holocausto. 

Elías advirtió al Rey Ajab que se aprestará a recibir la abundancia del cielo. En la cumbre del monte Carmelo, Yavhe ordena a su profeta que mire al mar por siete veces. En el horizonte, apareció una pequeña nube  del tamaño de la palma de la mano de un hombre, que subía desde el mar. La nubecilla fue creciendo, hasta cubrir pronto todo el cielo. La lluvia descargó por fin sobre Israel.

Este pasaje bíblico sirvió de inspiración a los fundadores de la orden carmelita. Fue un día de Pentecostés. Siguiendo la estela de Elías, unos piadosos varones abrazaron la fe de Cristo, y en la cumbre del Monte Carmelo, elevaron un templo a la Virgen María, en el mismo lugar en que el Profeta viera la nube que simbolizaba la fecundidad de la Madre de Dios y rompía con el hambre y la carestía.  Estos religiosos se llamaron Hermanos de Santa María del Monte Carmelo, y pasaron a Europa durante el siglo XIII junto a los cruzados. 

Si de las manos de Dios llegó al pueblo el agua que mantuvo firme la esperanza de la vida, el mismo Padre, que todo lo convierte en palabra y mensaje para los suyos, quiso que el milagro mismo que calmó la sed, sirviera de simbólica premonición de la Mujer que ya había elegido como portadora de la Redención.

La elevación a la oficialidad ocurrió en el corazón del siglo XIII. San Simón Stock, que desde la más absoluta humildad había alcanzado la cúspide del generalato del Carmelo, alcanzó del Pontífice Inocencio IV la aprobación de la Regla de la Orden. La Cristiandad comprendió pronto que la oración, la caridad y el amor a María tenían ya el soporte perfecto que acercaría a los fieles a Dios y a su Madre. Ella sería invocada en adelante como Estrella del Mar, Faro de la Cristiandad, y Flor del Carmelo. Ese Carmelo que Teresa y Juan de la Cruz reformaron para hacer de la unión mística con Dios el centro de sus vidas y de la vida de la orden.

Desde entonces, miles de devotos han puesto el nombre de María en lo más alto, junto a las estrellas, para que en nuestras noches de temporal, que llega a todas las vidas, Ella sea faro, referencia y guía.
 
 

 LA  DEVOCIÓN: 
MARIA

Y aquí la tenemos a nuestra espalda. Quizá, antes de sumergirnos de lleno en la devoción carmelitana, deberíamos preguntarnos ante la belleza incomparable de su imagen, quien fue, quien es María. 

Preguntamos a los más de veinte siglos, preguntamos a la Historia, a la leyenda, al camino de amor que el cristianismo ha trazado al conjuro de su nombre, y entre certezas y conjeturas, va surgiendo de un pincel invisible el retrato de nuestra Madre.

Ella fue el rastro de espuma que dejaba su barca en el Genesaret, la rama de olivo que aclamaba con silencio su entrada en Jerusalén. Ella fue la estela blanca de la estrella que guió a los Magos hasta su morada. Ella fue el vientre que lo llevó y los pechos que lo amamantaron. Ella escuchó su palabra y la puso en práctica. Ella fue y es... su Madre. 

Joaquín y Ana la engendraron, y Dios modeló su alma como al principio de los tiempos modelase el cuerpo de Adán. Sus padres la recibieron como a un don de Dios, y quisieron devolverle el regalo. Le pusieron por nombre María. Desde niña es elegida para servir a Yavhé en su templo, y se ofrece enteramente a su servicio. María, entregada como virgen de la casa de Dios, pasa los primeros años de su juventud envuelta en silencio y en meditación. La oración callada y humilde fue, desde el principio, el santo y seña de su vida. El Santo Espíritu de Dios, aun no manifestado a los hombres, iba esculpiendo su alma y adornando su corazón con todas las virtudes a las que puede aspirar el ser humano.

Y llega el primer momento crucial de su vida. Era mediodía en Nazaret. Junto a la entrada del pueblo, en un recinto en penumbra, María soñaba con su próximo desposorio. Su vida, al calor humano de sus padres, transcurrió en la pureza y en la oración.  Se preguntaba por la salvación de su pueblo. Dios había anunciado que su enviado iba a llegar pronto. A través de los siglos, las escrituras de su palabra así lo proclamaban. En el mismo aire, inundado ya con el perfume de la joven primavera, flotaba la impaciencia de la espera. El verbo de  Dios ya se presentía. 

La mujer miró a los cielos. Sobre su vestido blanco, una toca de esmeralda cubría sus sienes y dejaba a la vista su rostro joven, de mejillas encendidas y mirada fija en sus pensamientos. Abriendo las manos en un humilde interrogante, dejó escapar un suspiro de los labios, mientras una golondrina descendió en vuelo rápido hasta posarse en su brazo. En ese mismo momento, un rayo de sol bañó de lleno su rostro, bajo el mismo dintel de la puerta. María sintió como en el fondo de su vientre algo nuevo había nacido, con la misma suavidad con que la golondrina se había posado en su brazo. Nuevamente, miró al cielo. Y el cielo, con la voz clara de los tiempos, la llamó Llena de Gracia y compañera del Señor. La semilla eterna de la vida de Dios quedó depositada en María a la vez que el rayo de luz que acompañaba al mensaje de Gabriel atravesó la celosía de su morada e iluminó de claridad el rostro de su Sierva. Cuando sus labios pronunciaron la sentencia de salvación para la humanidad "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", María quedó convertida en custodia viviente para el Cuerpo de Dios. 

Luego vendría su primera intercesión en las bodas de Caná, sus años de nuevo silencio para que la palabra del Hijo fuera germinando, y finalmente, su presencia en el momento cumbre de la muerte.

Por eso, ante esta Madre del Carmen, tan pequeña y tan grande, no cabe mejor plegaria que decirle que sabemos quien es, que no es para nosotros un ídolo enjoyado, sino la mayor de las ayudas que tenemos en nuestro camino. Que siempre, desde el día de nuestro nacimiento, la sentimos cerca a partir del primer latido, del primer llanto, de la primera sonrisa. 

Y no sabremos nunca si es bastante
El pronunciar tu nombre cada día,
Buscarte la más bella alegoría
Con que narrar tu gloria cada instante.

Jamás un pobre rezo suplicante,
Ni  mil piropos hechos letanía
Podrán copiar la luz de tu  alegría,
Aunque mil coplas el cantor te cante.

Sobre la cumbre alta del Carmelo,
La blanca nubecilla se adivina
Bordando tu sonrisa en terciopelo,

Y en Sevilla, una oscura golondrina
Pregona con sus trinos desde el cielo
Que te has quedado en Santa Catalina.

 EN EL MAR DE  LA VIDA
 

Desde que el hombre vio el mar por primera vez, comprendió que estaba perdido en medio de su propia existencia. Miraba allí donde limitaba el alcance de su vista, y no encontraba el fin. El mar evocaba inseguridad, desconocimiento, incertidumbre.  En las olas rompiendo en el acantilado se encarnaba una fuerza desconocida que alguien manejaba para infundir temor en su pensamiento todavía infantil. 

Un día, comprendió que necesitaba ese mar para sobrevivir, y tuvo el atrevimiento de penetrar en las aguas en una frágil barquilla. El primer pescador, apenas bordeando las orillas, convirtió la amenaza de ayer en bendición de hoy. Sin embargo, nunca desapareció de su alma el miedo a esa negra inmensidad de la que seguía sin conocer el final. 

El joven marino aprendió a mirar al cielo. Cuando su atrevimiento le llevaba tan lejos como para no divisar las luces de tierra, en lo más alto encontró una estrella que siempre guiaba su camino.

La vida, el camino desde la cuna hasta la gloria, como pronto comprendió el hombre, es la travesía de un ancho océano, con una orilla que va alejándose y otra que se presiente cada vez más cerca, pero que se envuelve en un manto de niebla que no nos permite saber cuando ni cómo llegaremos a ella.

Y en las noches oscuras, aquellas en las que no comprendemos si vamos en el buen camino o andamos circundando las tinieblas, cuando los vendavales húmedos arremeten contra nuestra fragilidad, notamos la necesidad de buscar el norte en la luz que el cielo quiso regalarnos. Juan de la Cruz definió la noche oscura del alma, y el Carmelo ofreció al mundo el mejor de los faros. En las alturas prendió el nombre de su Reina, y la hizo Estrella de los mares de la vida.

Desde esta barca zarandeada por la galerna de los avatares, ante su imagen maternal imploramos su luz. Sabemos que la travesía es dura y que nuestras fuerzas no serán suficientes para llegar a nuestro destino. Por eso, a esa Madre del Carmen, la Estrella de los mares, el iris de la ventura eterna; el Fénix de la hermosura, le pedimos que sea clemencia de consuelo, y medicina de los pesares de su pueblo, y que cuando miremos a lo alto, sintamos que Dios la puso allí para que sepamos que Él nunca nos abandonó a nuestra suerte. 

Pero ese mar en el que el hombre buscó su alimento, ese lazo de unión de tierras con tierras, es utilizado a menudo como frontera infranqueable del hombre con el hombre, y esas aguas bajo la blanca estrella de Nuestra Madre, se convierten en tumba y se cubren con la lápida de la insolidaridad y el fanatismo.

Hermanos que llaman a Dios por otros nombres, mártires de la lucha contra la pobreza, lastres de una frágil barquilla que huyen a los fondos oscuros de los mares, miran también las estrellas que les indiquen el camino. Si los israelitas cruzaron el desierto para llegar a la tierra prometida,  si los europeos atravesamos un día los océanos donde otro edén nos aguardaba, ellos, hermanos de sol y de luna, agarrados al salvavidas de la esperanza, llegan con manos abiertas y vacías, y si las aguas no devoran sus futuros inciertos, somos nosotros, los seguidores de ese mismo Dios con otro nombre, los que convertimos el sepulcro de agua en sepulcro de tierra.

Miremos al rostro blanco de nuestra Madre. Recordémosla en su huída a Egipto para salvar la vida de su Hijo, y que Ella nos diga de qué nos sirven las patrias, las razas y las religiones si no sabemos ser fieles al mandamiento mayor que Cristo nos trajo a los suyos. Porque el suelo que pisamos es con igual justicia, otro Egipto, otra tierra prometida, y otro Edén para el que llega, y esa Estrella de los Mares, esa Bendita Reina del Carmelo, va a iluminar el camino de cada hombre que habita la tierra, sea del color que sea, hable el idioma que hable, y venga de donde venga.
 

Cansados ya de llorar
En tierras de sus mayores
Se lanzaron a la mar
Soñando con navegar
Buscando tiempos mejores.

Alguien dijo que en la orilla
De un riachuelo muy estrecho
Habita tal maravilla 
Que cualquier frágil barquilla
quiere atravesar su lecho.

Y al llegar a la otra tierra
Una torre musulmana,
Haría olvidar la guerra
Bajo un cielo en que se encierra
Su sombra mora y cristiana.
 

Alguien dijo su verdad,
Pero ocultó en el camino
Envueltas en tempestad
Mil trampas al peregrino
Y una cruda realidad.

Y la barquilla zarpó
Enrolada en esperanza.
La aguja de la balanza
Hacia un lado se venció
Y el mar le clavó su lanza.

La barca como una flor 
Fue perdiendo su ropaje,
Y a golpes del oleaje
Los viajeros del dolor
Allí acabaron su viaje.

Mientras en un mismo cielo
Un Dios que no tenía nombres
Por ellos descorrió el velo
Y les regalo el consuelo
Que siempre sueñan los hombres.

Y en la ciudad aquel día,
De Una Madre en el altar
Una lágrima caía
Mientras una flor nacía
justo en el fondo del mar.
 

EL CARMEN  EN  SEVILLA
 

Y la Virgen , esa nube blanca sobre el Monte Carmelo, esa Estrella de los Mares que guía al navegante, morada viva de Teresa y silencio contemplativo de Juan, llegó un día hasta Sevilla, y su tallo echó raíces en una tierra preparada para ser maceta de su flor. El pueblo, sin saberlo, la esperaba. Ella habitaba en la memoria perdida del primer avemaría a su maternidad, en los rezos intramuros de un convento blanco, en las miradas de la madre que pedía por un hijo enfermo, y en el hijo que rogaba a Dios porque el alma de su madre estuviese ya en su cielo.

Si aquella devoción que conmovió el mundo con su promesa de salvación, no encontró obstáculo en ningún rincón de la humanidad, al llegar a Sevilla, la flor pronto se abrió pétalo a pétalo y de su interior nacieron semillas que la fe y el amor extendieron con la brisa de sus noches primaverales.

Desde la Catedral Magna, el alminar de la que fuera gran Mezquita, contempló cómo esa celeste mujer que no conocía iba abriéndole puertas a ese cielo que tocaba cada día con los dedos desde la cúspide de su elevación.  Y en el reino azul del giraldillo, dominando jardines, laberintos de callejas, sombras y luces, nació un nuevo monte Carmelo que vería como una nubecilla blanca bajaba de las alturas y crecía en el corazón de Sevilla hasta que el pueblo supo que ya tenía trono para la Virgen del Carmen.

 Y la Virgen, espadaña a espadaña, nido a nido, fue abriendo puertas, haciendo nacer hogares de cariño en los rincones donde aun sin saberlo, había un hueco preparado para Ella. Y esta Ciudad que tiene casi todo el año cubierto de tradiciones, fiestas, devociones y arraigos, contempló como por la mano divina de la providencia, el periodo inhóspito del verano se cubría con el manto de la Madre, para vivir desde entonces en un perenne año mariano.

 Para quien aun no la conoce, para quienes solo saben de cruces, llantos, pañuelos y rostros cubiertos, puede ocurrir  que el tesoro oculto del Carmen en Sevilla resulte todo un descubrimiento. Este pregonero va a intentar narrar con la humildad de la palabra, ese hallazgo que alguna vez le sucedió a todo el que descubrió la sonrisa en medio del dolor: 

Sevilla es una ciudad viva, quizá más que ninguna otra. Pero también es una ciudad que hace nacer esa vitalidad con la primavera. El invierno, y hasta el otoño sevillano, presentan también la magia, la poética interpretación que los sevillanos sabemos darle a nuestra historia. Pero la ciudad  muere en verano.  O eso creíamos. 

Empieza julio y un sevillano  acude por necesidad al corazón del casco antiguo. La ciudad es en este momento una mezcla de sombras de recuerdos, de vivencias ya pasadas, de fantasmas de todas las emociones que nos trajo un año ya vencido por el sol.  Los adoquines hierven en la tierra, y los naranjos recuerdan a las flores artificiales que se colocan sobre las tumbas.

Sevilla, más que nunca, es ahora, infierno hirviente, más aun por la soledad insoportable que por el calor que funde en su crisol  el oro que la primavera trajo allá por marzo. En medio de este forzado destierro, los templos son pequeños oasis donde los ermitaños de la ciudad de fuego pueden esconderse de la pira viviente en que se ha convertido su hogar de todo el año. Como espectro fugaz, una vieja devota acude a alguna misa de siete por un alma ya ausente. Ahora la ciudad no sabe de su propia existencia, y reza en silencio para que el aún lejano 15 de agosto la resucite de  su sepultura estival, apenas el nardo vuelva a hacerse trono para aquella por la que reinan los Reyes.

El sevillano, huyendo de su ciudad, deseando que el hogar pueda aliviar la llama inhóspita de ese sol que siempre llega, pero también huyendo de la soledad que inunda las calles, descubre de pronto una torre. Y que en la torre, mástil al aire, cuelgan banderas que desafían al sol de justicia, y elevan al cielo toda la devoción que el pueblo ha ido atesorando durante el año. Están abriéndose las puertas del monumental templo, y el sevillano penetra en él  a la llamada de esas banderas al viento. Y donde esperaba encontrar un pálido remedo de ese desierto de soledad, encuentra la vida que no estaba ausente, sino escondida. 

Aquella que todo el año cantaron los poetas de la ciudad, la que nunca abandona a los suyos, la Madre de Dios y de los hombres, está allí esperándole. Mira a su rostro, y recuerda tantos rincones de Sevilla en los que la Madre del Carmelo ha dejado su señal, descubre que su tierra nunca muere, solo duerme, pero que la simple mención del nombre de su Madre, hace que despierte de su sueño estival. 

Necesitados  de su cercanía, la buscaremos en todos sus nidos de amor, y nos sorprenderemos de tantas manifestaciones de cariño identificadas en nombre, tiempo y lugar. Y comprenderemos, como el sevillano que la descubrió una tarde cualquiera, que mientras Sevilla duerme en el desierto de su verano, vela junto a ella su Virgen del Carmen.
 

Con un reflejo de sol
Que iba quemando la tarde,
Fue edificando Sevilla
Tronos de luz a su Madre.
Y eran tantos los amores
Que ansiaban hacerse hogares
que esa larga letanía
era casi interminable.
En el barrio de la Feria
El pueblo quiso buscarle 
Un reflejo de dolor 
Cuando la rosa nos abre 
Las puertas de la Pasión
Cada Viernes por la tarde.
Muy cerca, San Gil ponía
Sobre sus sienes reales
la corona que Forjaron
Labriegos y comerciantes.
Mas arriba en la Alameda,
El sol flotaba en el aire
Y le bordaba en su manto,
Su filigrana de encajes.
Un precioso escapulario
Tejieron para la Madre,
El Barrio de San Leandro
Y monjes del Santo Ángel.
Hasta el Salvador llegaron
Aves de blanco plumaje,
Mientras  en la otra ribera,
Los marineros fluviales
En Santa Ana y en el Puente
Repujaban los ciriales
Para alumbrar a la Virgen 
Cuando emprendieran sus viajes.
La estrechez del Buen Suceso
Vio a la aurora despertarse,
Le robó al cielo la luna
Y doce estrellas brillantes.
Y no sabiendo Sevilla 
A su Reina qué mas darle
Copió en las barcas del Río
Velas, timones y mástiles
Y dibujó el mejor trono 
A su capitana grande
Con Diez juncos de la orilla
Convertidos en varales.
Así se escribió la historia,
Y  en toda la Tierra saben
Que es Sevilla hogar y cielo
Para su Virgen del Carmen.
 
 
 

EN EL PURGATORIO DEL MUNDO
 

Miramos alrededor, y solo vemos tinieblas. Estamos rodeados de millones de personas, pero nos sentimos solos. Continuamente los fantasmas del pasado y del futuro invaden nuestros sueños y combaten con éxito nuestras pequeñas ilusiones de cada día.  Los medios de comunicación solo comunican sufrimiento mientras alguien juega con nuestras voluntades y convierte en oro la ignorancia y el embrutecimiento.

Los hombres estamos empeñados en dividirnos. Nos dividimos por la raza, por la religión, por la cultura, por cualquier cosa. Alguien dijo una vez que es más rentable un enemigo que un amigo, porque con dos hombre luchando, alguien gana dinero, pero con dos amigos que se quieren, solo se puede ganar alegría.
No se cómo será aquel purgatorio en el que Nuestra Madre del Carmen nos auxiliará, pero me parece que no será muy diferente de este otro en el que nos ha tocado vivir.  La lucha por sentirnos vivos, el esfuerzo por detener el reloj de la vida en el presente, el sentimiento de que el pasado es cada vez más largo y el futuro más corto, los golpes que el azar parece ir repartiendo, todo estas llamas son mucho más feroces que las peores que hubiéramos imaginado en la narración de Dante.

Desde el principio de los tiempos, el hombre buscó en el ritual el medio de comunicación con Dios. Todo los objetos de la creación podían ser sagrados, símbolos vivos de la presencia de su divinidad. Y cuando Simón Stock recibió de manos de la Madre de Dios el signo distintivo de la orden, sabía que con la sagrada vestimenta se abría una nueva ayuda en el  camino de salvación que todo hombre recorre desde que nace.  Aquel hábito carmelita se redujo hasta caber en la palma de la mano, y ese pequeño trozo de lienzo, el escapulario, quedó prendido para siempre a la altura del corazón de todos los hijos del Carmelo.

Miramos el rostro de la Reina del Carmen, y por más que lo intentamos, no somos capaces de dar con las palabras con que darle las gracias por lo que Ella significa en nuestra vida. Porque ese escapulario no es solo un sacramental mariano de protección, sino una metáfora de su presencia en el interior de cada devoto, de que sus manos sostienen no solo al Hijo del Hombre, sino también a todo el género humano, y de que de nuevo, cada vez que nuestros labios se vuelvan a Ella, de los suyos saldrán, tras la íntima conversación con Dios Niño, las mismas palabras que en aquella celebración de amigos unidos por el amor: "Haced lo que él os diga".

En medio de las olas, miro al mundo
Y solo encuentro lucha y sangre abierta.
La paz que dejó Cristo con sus llagas
Yace herida hecha náufrago en la arena.
Ruge el odio, y el mal echa raíces
En rotos corazones de tinieblas,
Mientras dos niños piden a sus reyes
Fusiles mensajeros de su guerra.
En medio de las olas, miro al aire,
Y solo llegan ecos de pobreza,
El poder manda al frente la ignorancia
y el pueblo duerme sin pedir respuestas.
En perdidos oasis, alguien ama,
Y sueña repoblar islas desiertas,
Luchando con la negra hipocresía,
Que pinta de oropel la tumba abierta.
Perdido desde el fondo del olvido
Llama un samaritano a cada puerta
Y es feliz con tan solo una sonrisa
Que le alimente el pozo de sus fuerzas.
Es este purgatorio, Madre mía,
A ti clamamos, abogada nuestra,
Sé tu en la noche oscura de las almas
Prendida al firmamento, blanca estrella,
y veremos tan solo en tu mirada
La luz que puso Dios sobre la Tierra
 
 

CARMEN DE SANTA CATALINA

Todos los que llevamos prendido en el alma el rostro de una Virgen que sonríe, sabemos lo grandes que pueden llegar a ser los días en los que edificamos para Ella el mejor de los tronos.

Durante todo el año  hemos llevado su retrato junto a nuestro corazón. Su rostro ha velado nuestros sueños, hemos sentido su cercanía cuando los golpes y las dificultades ponían barricadas en el caminar diario. Durante lo cotidiano de la vida, algo nos decía en el interior que debíamos luchar por Ella, por que su amor de madre llegue a todos los rincones donde nuestros labios puedan ser pregoneros de los suyos.

Ha llegado Julio. La ciudad moribunda que aquel sevillano atravesó en el infierno de una tarde de verano va  a resucitar de las cenizas ardientes de nuestro purgatorio estival.  Y el barrio, ese barrio que  siempre la busca aunque no la nombre, que lleva grabado a fuego un escapulario de sol con su Estrella de los Mares, como enamorado al que falta tiempo para lanzar piropos a su amada, la siente suya, ahora más que nunca, y todos esos recuerdos de vida diaria, de sentirla callada y pequeña en el rincón del templo, saltan de júbilo y hacen desbordarse el torrente de la devoción. 

Las casas blancas quisieran pedir al viento la voz de murmullos que arranca en la arboleda de Ponce de León, para poder gritar que el barrio tiene un sello, una marca de identidad que nadie le podrá robar, y que cuando la torre de Santa Catalina se vista de colores carmelitanos y pontificios, la cal de sus paredes va a llorar de impaciencia, va a presentir redobles de timbales  y roce de metal con metal con que las bambalinas  acariciarán los varales de su Reina. 

El pregón da el aldabonazo a las puertas de su gloria, y Santa Catalina se desborda ya de sus muros centenarios para que navegue por el mar febril  del amor la barca gobernada por la capitana suplicante que un día anidó en sus linderos. El triduo se vuelve esperanza de júbilo. Volvemos a descubrir aquellas verdades que el Carmelo sigue transmitiendo siglo a siglo,  y esas banderas al aire son campanario mudo que ordena a los vientos ser mensajeros de la Virgen del Carmen de espadaña en espadaña por Sevilla. 

Y el viento tórrido de julio, torre a torre, puerta a puerta, balcón a balcón, va dejando su bando impaciente en cada rincón. De San Román a la Encarnación, todo parece aguardarla, y el devoto de toda la vida, el que termina cada jornada con una Salve a su Reina, no puede evitar el orgullo legítimo de que la bandera viva de su barrio ya ondee en los labios de los sevillanos.

Madre del Carmen, tu sabes que ellos siempre están contigo, pero míralos  ahora, a tus plantas, y deja que sus súplicas humildes y grandes al tiempo sean los remos que te lleven dentro de muy poco por la mar serena de tu reino. Y cuando tú, Madre Nuestra, hagas nacer, varal a varal, el gozo y la gloria de tu barrio, no te sorprenderá que esos Avemarías de cada noche se vuelvan húmedo cristal en las pupilas de los que te quieren, porque para ellos, en ese 16 de Julio, el cielo al que todos aspiramos habita en las calles de Santa Catalina.

Ya resuenan por las calles
Pisadas de costaleros
Y una salve entrecortada
Va a saludarte en secreto.
Las bambalinas rozando
Tus diez varales enhiestos
Buscan la fuerza del aire
Que te lleva mar adentro.
Ya te espera engalanada
Sevilla por los Terceros
Y el sol que nombra la calle 
Saca a tu nave reflejos.
En Bustos Tavera aguarda
La sombra del Hijo muerto
Que despertará muy pronto
Y se abrazará a tu pecho
Cuando la luz del Calvario
Vuelva hasta Belén de nuevo.
San Román se hace suspiro,
Matahacas un requiebro
De bulerías gitanas
Y soleares al viento.
Empieza ya a anochecer
En la plaza de San Pedro,
Y la madre de los pobres
Habla contigo en silencio
De tantas almas que encuentran
En tu mirada el consuelo.
En el palomar cercano
Se escuchan callados rezos
Y en la noche, una novicia
Cambia la oración en beso
Que deja sobre tus manos 
Mientras canta sonriendo.
Ya ha coronado la luna
Tu camino de regreso
Mientras, tu barrio, entregado
Va cerrando tu sendero
Con el sello luminoso
Del amor más verdadero.
Ya están tus puertas abiertas,
Sevilla a tu lado ha vuelto,
Contigo, flor de las flores,
Reina que regresa al Reino,
y todo es ya Avemaría
y sabe el Mundo y el Cielo,
que es ya Santa Catalina 
el nuevo Monte Carmelo.
 
 
 

EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE
 

Esta humilde ofrenda en tu honor alcanza ya su final. Sabemos que siempre estás con nosotros. Cada minuto de nuestras vidas, cada pequeña o gran alegría que Dios nos regala, cada lágrima que brota de nuestros ojos, cada pellizco a nuestro corazón, te tiene a ti como testigo.

Pero aquel día en qué hiciste nacer la devoción a tu nombre, el más supremo gozo embargó el alma de tu servidor cuando tus labios hicieron nacer tu  maternal promesa de salvación. Y supimos que todo el que durante su vida te hubiera entregado su amor, tendría en el momento de la muerte la mejor abogada ante el clemente juicio del Padre.

Nuestra vida es como el agua del Guadalquivir que nos abraza. Nace del frío entre sonrisas de la naturaleza; conoce pueblos, buenas y malas gentes; se hace valle con su propia corriente y un día se funde en el mar con el agua de miles de ríos, hasta que el sol hace con su beso de calor la última llamada para que ascienda hacia el cielo y alimente desde allí a los ríos que nacen.

Llevamos toda una vida diciéndolo al rezar. Sabemos que será tiempo de tinieblas. Que necesitaremos hacer acopio de toda la fe madurada durante los años que Dios haya tenido a bien regalarnos. Pero la última súplica del avemaría, "ruega por nosotros pecadores, ahora, y en la hora de nuestra muerte", repetida una y mil veces, será elevada desde nuestros labios hasta tu altar eterno apenas nuestra  luz comience a declinar y necesitemos más que nunca tu auxilio como Madre del Carmelo.

Y a ti, Amante devoto de la Virgen del Carmen, que has superado dolores, angustias, decepciones, pero que también has visto brillar la luz de la alegría, recuerda que cuando te llame Dios por medio del destino, habrá una Madre junto a tu lecho que te regalará toda la Esperanza que cabe en el mundo, y que por sus  mejillas correrá, aunque nadie pueda verla, una lágrima por tu último sufrimiento. Invoca entonces su nombre, siente su escapulario en tu pecho, porque de su mano cruzarás por última vez el ancho mar de la vida, en la barquilla de la  que ella es la capitana, y ya en la otra orilla, te acompañará para siempre al Monte Carmelo de la Gloria.
 

Cruza el mar de dos orillas
y sigue la senda larga
que desemboca en los cielos
azules de su mirada.
Deja atrás todas las penas
y las penumbras amargas
que te hicieron ver la niebla
como oscuridad de plata.
Mira ese faro lejano
que brilla en la lontananza
como los ojos benditos
con que tu Virgen miraba.
Aférrate a su  memoria,
Busca la luz de su lámpara
y llama a la que en tu barco
fue siempre la capitana.

Cruza el mar de dos orillas
y veras a tu llegada
que contigo está tu Virgen,
luz de luna y saya blanca,
sobre un Carmelo de nubes,
con diez varales de plata.
 

Que así sea.

Sevilla, 11 de Julio de 2.002
 

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