LA SEVILLA QUE NO VEMOS
AQUI ESTUVO LA FERIA
JULIO DOMINGUEZ ARJONA
5 de Diciembre de 2005Hoy son de esos dias que lo que les traigo aqui hacen honor al titulo de la web y sección "La Sevilla que no vemos", pue la verdad es que no se ve .-
Posiblementre usted se preguntará a que viene ahora esto de hablar de la Feria en plena falsas y prematuras Navidades,. Tranquilidad, todo tiene un porque, pues se acaba de abrir el plazo para la solicitudes de casetas para la Feria 2006 ,- la cuaresma feriante comienza mucho antes que la cofradiera - y oiga es un buen momento para tarer aqui este azulejo e intentar leer su contenido , que como dirian los inmortales Pachos, estan abrazado mas fuerte que la yedra ,en el sentido literal de la palabra .-
Este lienzo cerámico, casi no se puede ver , pues esta selva de hojas lo impide , esta colocado en la parte trasera del muro de los jardines del Alcazar , concretamente en el Paseo de Catalina de Rivera casi esquina ( he dicho casi) a la calle San Fernando , ( hoy y por los siglos de los siglos , convertida en ruinas Italicas urbanas ) en el que casi no se puede leer :
ESTOS JARDINES DONDE SE IM-
PLATO LA FERIA SEVILLANA INSPIRARON
A GUSTAVO ADOLFO BECQUERUNO DE SUS MEMO-
RABLES ARTICULOS DE COSTUMBRES EL TITULADO
LA FERIA DE ABRILEL AYUNTAMIENTO DE SEVILLA Y LA ( ilegible )
DEL CENTENARIO DE BECQUER COLOCARON ESTA
LAPIDA EN EL AÑO 1970No es de extrañar que un azulejo con mas de treinta y cinco años este perfectamente conservado pues como esta tapado por esta planta trepadora, no ha sufrido las inclemencias climatólogicas , ni los efectos del Sol y la lluvia .-
Efectivamente nuestra Feria prehistorica fundada el 19 de Abril de 1847 ;( curiosamente al asi siguiente coincidieron con el Lunes, Martes y Miercoles Santo ) estaba situada en el Prado y abarcaba la calle San Fernando - muy proxima a este lienzo cerámico- donde incluso algunos de los zaguanes de las casas eran habilitados de irmprovisados puestesillos feriantes de ventas de abalorios
Al articulo al que se refiere la lapida efectivamente titulado La Feria de Sevilla , publicado el 25 de Abril de 1869 , por el amigo Becque en El Museo Universal . Aqui tienen el texto completo , si tienen a bien leerlo es curioso porque ya se quejaba de lo que ha perdido la Feria veintidos años despues de su nacimiento . No hay duda de que nuestro romantico poeta era muy feriante :
"No hace mucho que ocupándonos, aunque incidentalmente, de la Semana Santa en Sevilla, dijimos que el notable movimiento de adelanto que se advierte en esta hermosa ciudad de Andalucía ha impreso a sus solemnidades religiosas un sello especialísimo, merced al cual, si bien han ganado bajo el punto de vista de la ostentación y la riqueza, han perdido, y no poco, del carácter tradicional que guardan aún en otras poblaciones de menor importancia. Respecto de su célebre feria puede repetirse algo semejante. Entre los verdaderos conocedores de las costumbres andaluzas en toda su pureza, entre los que buscan con entusiasmo las escenas y tipos y recogen con afán los cantares y giros pintorescos del lenguaje que revelan la genialidad propia de un pueblo tan digno de estudio, nunca se borrará el recuerdo de aquellas renombradas ferias de Mairena y Ronda, de las cabalgatas a la Virgen del Rocío o la vuelta de las hermandades del Cristo de Torrijos, cuando desembocaban en tropel por el histórico puente de barcas, entre la nube de polvo que doraba el sol poniente o a la luz de las antorchas que reflejaban su cabellera de chispas en el Guadalquivir, vistosos grupos de majos a caballo llevando las mujeres a las ancas, o multitud de carretas colgadas de cintas y flores, con su obligado acompañamiento de guitarras, palmas y cantares.
Las ferias, de origen popular, se crearon espontáneamente, y la costumbre, arraigada por la tradición, mantenía su concurrencia; sus anales registran los más altos hechos de la gente del bronce; en sus reales tuvo origen la celebridad de las ganaderías más famosas; en ellas, en fin, como en teatro propio de sus hazañas y gallardías, se daban a conocer los cantadores y los valientes. Un caballo inglés, un dogcart, un sombrerito Tanchon o cualquier cosa de este jaez hubiera sido en ellas un verdadero fenómeno. Pero pasó el reinado de la calesa, del cual, y sólo como documento histórico, se conserva alguna desvencijada y rota en las antiquísimas cocheras de Las Gradas. El calesero, cuya descripción sirvió de tema a tantas festivas plumas, y cuyo tipo fue modelo de tantos pintores, no fuma ya su cigarro sentado de medio ganchete en la vara, cantando y jaleando el jaco al son del alegre campanilleo que hacía olvidar el calor, el polvo y la fatiga del camino. Estacionado en la plaza de San Francisco con un sombrero de copa lleno de apabullos, una levita rancia y un corbatín de suela, lee hoy La Correspondencia en el pescante de un simón. El movimiento social lo ha convertido en cochero de punto.
Sobre las ruinas de las tradiciones típicas y peculiares de Andalucía, de sus renombradas ferias, sus características diversiones y pintorescas zambras, se ha levantado la feria de Sevilla, que obedeciendo a un pensamiento ecléctico, quiere reunir y armonizar lo que se va con lo que viene, la tradición con las nuevas ideas. La feria de Sevilla es muy moderna; es propiamente dicho, una feria oficial. Creada de la noche a la mañana por la voluntad del municipio, nada le faltó ciertamente desde el primer día, y desde entonces acá viene ganando respecto a lujo, conocimiento y comodidades. Tiene, sin duda, todo lo que constituye una feria de las más renombradas; tiene algo más tal vez: por teatro, un prado inmenso, cubierto de un tapiz de verdura finísima e iluminado por un sol de fuego que todo lo dora y abrillanta; por fondo, la accidentada silueta de Sevilla con sus millares de azoteas y campanarios que coronan la catedral y el giraldillo; por actores, una multitud alegre y ruidosa, ávida de placeres y emociones, que duplica a veces la ya bastante numerosa población de la ciudad. No obstante, parece que le falta algo. Allí hay vendedores y traficantes de todo género, productos de diversas industrias, muestras de las mejores ganaderías, gitanos de todas las provincias de España, tabernas y buñolerías en montón: se compra, se vende y se cambalachea; se toca, se come y se bebe; hay palmas, cantares y borracheras más o menos chistosas, pero todo ello como adulterado y compuesto con la mezcla del elemento que llaman elegante y que algunos, tratándose de esta clase de fiestas, se atreverían a calificar de cursi. En efecto, no busquéis ya sino como rara excepción el caballo enjaezado a estilo de contrabandista, la chaqueta jerezana, el marsellé y los botines blancos pespunteados de verde; no busquéis la graciosa mantilla de tiras, el vestido de faralaes y el incitante zapatito con galgas; el miriñaque y el hongo han desfigurado el traje de la gente del pueblo, y en cuanto a los jóvenes de clase más elevada que en esta ocasión solían llevar la bandera del tipo sevillano, obedecen en todo y por todo a los preceptos del último figurín. Hasta las hijas de los ricos labradores que viven en los pueblos de la provincia encargan a Honorina, o hacen traer de París los trajes que han de llevar en Sevilla durante las ferias. Junto al potro andaluz trota el poney de raza; al lado del coche de colleras, con sus caireles y campanillas, pasa la carretela a la Grand Dumont, con sus postillones de peluca empolvada; tocando al tenducho donde se bebe la manzanilla en cañas y se venden pescadillas de Cádiz y se fríen buñuelos, se levanta el lujoso café-restaurant donde se encuentran paté de foie gras, trufas dulces y helados exquisitos; el piano, con su diluvio de notas secas y vibrantes, atropella y ahoga los suaves y melancólicos tonos de la guitarra; los últimos y quejumbrosos ecos del «Polo de Tobalo» se confunden con el estridente grito final de una cavatina de Verdi.
No obstante estos inarmónicos detalles, que sólo pueden apreciar bien los que conocen a fondo el país y sus ya degenerados tipos, como cuestión de visualidad, de animación y de alegría, la feria de Sevilla no tan sólo no desmiente, sino que supera la fama de que goza, fama que se acrecienta de día en día y de la que son claro testimonio la infinidad de viajeros que acuden a ella procedentes de todas las provincias de España y de las más principales naciones europeas.
La gran afluencia de forasteros que se nota en Sevilla por esta época convierte la cuestión de alojamientos en una verdadera dificultad: aunque se multiplican prodigiosamente las casas de hospedaje y desde la popular posada hasta el aristocrático hotel rivalizan en la resolución del problema, que consiste en encajonar doce donde apenas caben cuatro, todavía no bastan y los apuros y trastornos que de aquí resultan, todos vienen a resolverse en un alarmante menoscabo del bolsillo. Los únicos que, a la benignidad del clima y a sus patriarcales costumbres, encuentran zanjados desde luego todos estos inconvenientes son los forasteros procedentes de los lugares circunvecinos, que en numerosas tribus se instalan en los zaguanes de las casas o toman las aceras por colchón, esperando la primera luz del día para levantarse.
Sin duda alguna las horas más alegres de la feria son las primeras de la mañana. Apenas comienza a rayar el alba, las mujeres se apresuran a regar y barrer las calles del tránsito; cada balcón es un jardín; la luz viene creciendo y dorando las veletas y los miradores; hay un olor de flores y de tierra húmeda que embriaga; se siente un aire fresco y vivificador que se aspira con deleite.
A medida que aumenta la claridad, se hace mayor el movimiento de la multitud que comienza a invadir las calles, y se ven bandadas de jóvenes que con la guitarra al hombro y la bota bajo el brazo, se dirigen al Prado de San Sebastián, mientras por otra parte cruzan numerosos y alegres grupos de muchachas con vestidos claros y ligeros, que llevan por todo adorno un manojo de rosas y alhelíes en la cabeza.
La aristocracia tiene el buen gusto de no emperejilarse desde tan temprano y acudir al punto de cita en traje de negligé siempre más cómodo y gracioso; algunos llevan su condescendencia hasta resucitar el sombrero redondo y la chaquetilla torera, y lo que es más raro, suele verse tal cual muchacha perteneciente a una clase distinguida bajar al prado vestida al uso del país sobre un caballo con jaez de caireles.
El panorama que ofrece el real de la feria desde la Puerta de San Fernando es imposible describirlo con palabras y apenas el lápiz lo podría reproducir en conjunto. Hay una riqueza tal de luz, de color y de líneas, acompañada de un movimiento y un ruido tan grandes, que fascina y aturde. Figuraos al través de la gasa de oro que finge el polvo su llanura, tendida y verde como la esmeralda, el cielo azul y brillante, el aire como inflamado por los rayos de un sol de fuego que todo lo rodea, lo coloca y lo enciende. Por un lado se ven las blancas azoteas de Sevilla, los campanarios de sus iglesias, los moriscos miradores, la verdura de los jardines que rebosa por cima de las tapias, los torreones árabes y romanos de los muros. La catedral, en fin, con sus agujas airosas, sus arbotantes fortísimos, sus pretiles calados y la Giralda por remate, que parece un navío de piedra al anclar sobre los rojizos tejados de la ciudad. Por otra parte, y extendiéndose hasta perderse de vista, se descubren millares de tiendas de campaña, formadas de telas vistosas y empavesadas con banderas y gallardetes de infinitos colores; largas filas de casetas vestidas de pabellones blancos y adornadas con cintas y ramos, delante de las cuales fríen los gitanos los obligados buñuelos y desde donde se eleva el humo de las sartenes en penachos azules; diseminadas acá y allá, fondas improvisadas, cafés al aire libre, tabernas, sombrajos, puestos de flores, de frutas, de juguetes y baratijas, entre los que se distinguen, procurando llamar la atención, saltimbanquis que tragan espadas desnudas, ciegos que cantan jácaras, farsantes que enseñan monstruos vivos, circulando por medio de una inmensa multitud de gentes que van y vienen sin cesar y de los cuales unos se agrupan a la puerta de un tenducho a oír un jaleo, otros se sientan a la ronda para despachar la pitanza, éstos se pasean, aquéllos se requiebran, los de más allá riñen, presentando el conjunto más abigarrado y movible que puede imaginarse.
En estas horas de la mañana, que, como dejamos dicho, son las más animadas de la feria, tienen lugar las ventas, trueques y transacciones que son su objeto principal. Abandonando el punto en que se agitan los que sólo tratan de divertirse, se encuentran descansados rellanos y suaves laderas donde pueden admirarse grupos pintorescos de la gente de campo, con los trajes característicos del país, y magníficas muestras de las mejores ganaderías andaluzas. En este sitio, en vez de elegantes tiendas y vistosas buñolerías, se descubren esos sombrajos hechos de tres palos y una estera de palma, propios de los cortijos; entre los rediles, donde se apiñan millares de ovejas, se ve a los pastores encender la lumbre y hacer tasajos una res para aviar el almuerzo. Los vaqueros, sobre caballos del país, acosan, garrocha en mano, las vacas y los toros, y los reúnen o los separan a fin de que los compradores los examinen a su gusto; los dueños de las yeguadas asisten a la prueba de los potros, y entre esta reunión de gentes hablan y gesticulan ponderando las excelencias de los animales, circulan, salpimentando los diálogos con sus chistes y ocurrencias, multitud de gitanos que esquilan un borriquillo o pulen y aderezan un penco que, gracias a su palique, encajarán como una ganga a algún inocente.
Poco a poco el sol se remonta, y a medida que se deja sentir la abrasadora acción de los rayos van disminuyendo la concurrencia, la animación y la bulla. Los forasteros pobres toman nuevamente las aceras por cama y duermen la siesta a la sombra de los monumentos históricos. Las muchachas de la ciudad vuelven encarnadas como amapolas, cubiertas de sudor y de polvo, pero satisfechas y alegres a buscar el fresco de sus patios; los paseantes, unos se refugian en los cafés y las fondas y otros entran en las tiendas de campaña propias o de sus amigos, donde encuentran dispuesto un opíparo almuerzo, servido con todos los perfiles del más refinado gusto. Los vendedores tienden el sombrajo y se acuestan al pie de la mesa; las gitanas apagan la lumbre de los anafes, los ganaderos dan orden de que se retiren los rebaños que se alejan lentamente al son de la esquila de los guiones, y reina un silencio extraño, interrumpido sólo por el monótono canto de los grillos y las chicharras; silencio que cuando el sol está en lo más alto del cielo recuerda el de la hora de la siesta en Sevilla, que tanto se parece a una noche con luz.
Cuando el sol, suspendido sobre las lomas de San Juan de Aznalfarache, hiere la ciudad con sus oblicuos rayos y prolonga sobre la llanura que la rodea la sombra de sus murallas y sus torres, la multitud comienza nuevamente a dar señales de vida encaminándose al Prado de San Sebastián. La brisa de la tarde, que se levanta del río, refresca la atmósfera con su soplo húmedo y cargado de perfumes; los dependientes del municipio apagan el polvo de los paseos y comienza lo que podríamos llamar el segundo acto de la comedia. La decoración es la misma, pero los actores han cambiado de traje y de aspecto. La feria de la tarde es la feria de la elegancia y el buen tono. Las figuras que se destacan en primer término pertenecen a la aristocracia o a esa otra clase más modesta que hace esfuerzos desesperados por seguirla pisándola los talones. El pueblo acude como espectador.
Cuantos carruajes se han encontrado en la ciudad y en algunas leguas a la redonda se ponen en movimiento, desde la elegante victoria al desvencijado alquilón. A veces, y como un fantasma evocado de otra edad, aparece una calesa. La animación y la vida, antes diseminadas por todos los ámbitos del prado, se concentran ahora en tres o cuatro puntos: en el paseo de las gentes de a pie, donde arrastran las elegantes de cortos medios sus largas colas por delante de una quíntuple fila de curiosos sentados en sillas; en el paseo destinado a los carruajes, por donde circulan todo género de vehículos confundidos y mezclados con multitud de jinetes; a lo largo de las hileras de puestos de juguetes, estación de los padres de familia, las amas de cría y los niños; alrededor de las tiendas de campaña de propiedad particular, a cuyas puertas, y como en son de parada, se sientan los dueños vestidos de punta en blanco, y en posturas académicas. No es fácil dar idea al aire de afectada animación y buen tono que reina en esta segunda parte del espectáculo. La gente del pueblo anda como encogida por entre aquellas oleadas de seda y de blondas sin comprender qué objeto guía a los que se reúnen como ellos a cantar, beber, bailar y divertirse, y se limitan a sólo dar vueltas gravemente alrededor de un punto al compás de una música militar que toca piezas de ópera con solos de cornetín y dúos de clarinete y figle.
Pasa al fin la hora del crepúsculo, entra la noche, comienzan a brillar las luces, desfilan los paseantes compuestos, se alejan los coches desaparecen los jinetes, las buñoleras levantan el grito, las tabernas se llenan de parroquianos, la gente menuda vuelve a apiñarse y a ir y venir gozosa entre aquella oscuridad que se presta a todo género de expansiones, y tornan a oírse voces, pitidos, pregones, risas, requiebros, palmas, músicas y cantares.
En tanto que se reanuda el hilo de la fiesta popular, la elegancia que ha desaparecido entre bastidores cambia por tercera vez de traje para asistir a las soirées y a los bailes. Estos tienen lugar en las lujosas tiendas que el casino y los diferentes círculos de Sevilla disponen al efecto en el mismo campo de la feria. No hay para qué decir que son de etiqueta rigurosa: frac negro y corbata blanca; hombros desnudos, cola inconmensurable, tules, gasas, blondas y pedrería.
Los carruajes llegan unos tras otros a depositar su elegante y perfumada carga en el vestíbulo de las tiendas; los lacayos se llaman con el apellido o título de sus señores y abren y cierran las portezuelas haciendo grotescos saludos. Todo aquello recuerda algo el vestíbulo del Teatro Real una noche que canta la Patti. Luego avanza la noche, las luces se van apagando; los vendedores, roncos de vocear y beber aguardiente, se esconden otra vez bajo los puestos como el caracol en su concha; las gitanas recogen los trebejos y soplan los candiles; los incansables caballos del tiovivo dejan de dar vueltas y cesa su acompañamiento de bombo y corneta de pistón; el último acorde de la música de los bailes, se desvanece temblando; entre la oscuridad brilla alguna luz solitaria y perdida como una estrella; por el suelo se distinguen confusamente montones de gentes tendidas que dan a la llanura el aspecto de un campo de batalla. Es la hora en que el peso de la noche cae como una losa de plomo y rinde a los más inquietos e infatigables. Sólo allá, lejos, se oye el ruido lento y compasado de las palmas y una voz quejumbrosa y doliente que entona coplas tristes o las seguidillas de El Fillo. Es un grupo de gente flamenca y de pura raza que alrededor de una mesa coja y de un jarro vacío cantan «lo hondo» sin acompañamiento de guitarra, graves y extasiados como sacerdotes de un culto abolido, que se reúnen en el silencio de la noche a recordar las glorias de otros días y a cantar llorando, como los judíos, super fluminem Babiloniae."
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