La primera impresión cuando
se ve por primera vez la fotografía con la que encabezamos estas líneas
es la de encontrarnos en una Avenida antes de los ensanches de principios
del siglo XX, con la inconfundible estampa de nuestra Giralda tras los muros
de la Catedral. Los anuncios en inglés y las banderas americanas ondeando
nos hacen reparar en el resto de extraños edificios que rodean a la
torre, empezando con el que tiene unos soportales con arcos de medio punto
y con dos miradores con logia porticada que se da un aire a nuestro Coliseo.
Este colosal edificio fue construido
en 1890 por los arquitectos Charles McKim (1847-1909), William Rutherford
Mead (1846-1928) y Stanford White (1853-1906) que se convertirían
con esta obra su estudio en uno de los más prestigiosos de la época
, y que fue inaugurada fastuosamente el 16 de Junio de 1890. La torre
era una interpretación simplificada de la Giralda, estando revestida
de ladrillos aunque su estructura era de hormigón. Su altura era mayor
que el original, superando el centenar de metros y, en lugar del Giraldillo,
estaba coronada por una Diana Cazadora. Para esta escultura había servido
de modelo una mujer muy bella, Mrs. Evelyn Nesbitt, mujer de un multimillonario
llamado Harry Thaw, que mantuvo un apasionado romance con uno de los arquitectos,
Stanford White. Era este un hombre muy aficionado a la buena vida y con merecida
fama de playboy, lo que le ocasionaría no pocos problemas y acabaría
prematuramente con su vida.
En la noche del 25 de junio de 1906,
el restaurante que ocupaba la terraza superior de esta Giralda neoyorquina
fue escenario de un crimen pasional que sería conocido entonces como
“El crimen del Siglo”. Stanford White se encontraba cenando con su legítima
esposa cuando recibió tres tiros en la cabeza por parte del ofendido
marido de Evelyn que posteriormente fue exculpado por enajenación
mental.
Su obra le sobrevivió hasta 1925
en que fue demolida al ejercer una compañía de seguros una hipoteca
impagada. Este derribo generó una oleada de protestas y sensibilizó
a la opinión pública norteamericana sobre la necesidad de
conservar edificios singulares aunque su antigüedad no fuese notable